Iglesia y Convento de San Francisco

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La orden Franciscana se erradicó en el Valle de Almolonga en 1530. En 1541 un torrente de agua y lodo destruyó la ciudad, al igual que la primera casa de los franciscanos. Se trasladaron a Santiago y vivieron en el lugar que hoy en día se conoce como Escuela de Cristo, luego se les asignó un lugar en el que fueron creciendo la iglesia y el convento.

Los frailes edificaron diferentes obras con mucho cuidado. Sus construcciones fueron víctimas de las diferentes catástrofes que azotaron el área los siglos posteriores, como terremotos, incendios, y descargas eléctricas ocasionadas por las tormentas. En 1689 hubo un terremoto que provocó bastantes estragos en la zona, dando paso a trabajos de reconstrucción dos años más tarde. Fue en esa reconstrucción que se construyeron: la sacristía que hoy en día forma parte del Museo, las grandes bóvedas para entierros, el claustro bajo con bóvedas adornadas, y también prepararon las criptas para sepultar a quienes estaban enterrados allí, incluyendo al Hermano Pedro.

Se dedicaron los últimos tres años del siglo XVII a la edificación del Salón General de los Estudios, y pasado el año 1700 se incorporaron elementos a su decoración y arquitectura. Sobre la sacristía se construyó una biblioteca, y fue en esa sacristía que se colocaron las reliquias del Hermano Pedro.

El convento y la iglesia nueva sufrieron grandes daños estructurales en los terremotos de 1717, ya que fueron más devastadores que los anteriores. El convento fue reparado y reforzado, incluso resistió un nuevo terremoto en 1751, aunque su destrucción final llegó en 1773. No fue hasta el siglo XIX que se reconstruyó la capilla de la tercera orden y la tumba del Hermano Pedro fue colocada en el lugar que ocupó hasta 1991. Las ruinas del templo se convirtieron en un patio de recreo para los niños y albergó a algunas pocas familias, hasta que se declaró a la Antigua Guatemala como Monumento Nacional y se puso a San Francisco bajo la protección de un guardián.

En la década de los 60´s se entregó el monumento a la Orden Franciscana, y a pesar de las objeciones de arquitectos, ingenieros estructuralistas, historiadores e individuos eminentes, iniciaron a reconstruir con hierro y concreto. Sin embargo, el resto de la construcción permanece en ruinas.

A lo largo de su vida, el convento cautivó a estudiosos y grandes artistas que elaboraron obras dentro del mismo, como Alonso de la Paz, Tomas de Merlo y Juan de Aguirre. Los franciscanos también poseían la segunda imprenta que se trajo a Guatemala. Cristóbal Villalpando, el artista mexicano, pintó unos lienzos inmensos de la vida de San Francisco para el convento. Al día de hoy, estas obras se encuentran expuestas en el Museo Colonial de la ciudad.

El museo pide a sus visitantes que mientras caminan entre sus ruinas y recorren sus pasillos, recuerden que están transitando los mismos lugares en los que caminó un santo.




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