Ruinas Convento Santa Clara

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Las monjas fundadoras de este convento llegaron a la ciudad en 1699, pero la construcción del mismo no se terminó hasta 1705, provenían de México. El edifico quedó destruido tras los terremotos de 1717. Debido a esto se inició una nueva construcción en 1723 a cargo de Diego de Porres, terminada en 1734. No quedaron restos del convento original.

El convento posee un claustro espacioso, rodeado de arquería en sus dos niveles. Una fuente de piedra tallada se localiza en el centro del patio, y otras más en los patios laterales. Dependencias como la sacristía, la sala de labores, la cocina y el comedor, estaban situadas en la planta baja. Para religiosas profesas de la Orden de Santa Clara existía un noviciado y una sección de celdas. Ambos pisos contaban con enfermeras.

La construcción se encuentra orientada de norte a sur, cuenta con entradas del lado oeste para los feligreses. Las monjas nunca salían al exterior, por lo que la fachada del templo está en el interior del convento. Su fachada es considerada una de las más hermosas de la ciudad, poseía características singulares del barroco antigüeño. Por otro lado, el interior es de una sola nave, y lo cubren unas bóvedas. Se usó tecnología como la que usaron en la época de su construcción para restaurarla después del terremoto de 1976.

No quedan vestigios del siglo XVI en esta construcción, incluso de la primera mitad del siguiente siglo no queda nada; de tal manera que solo quedan ejemplos de la corriente renacentista y la manierista. Sus rasgos más pronunciados corresponden a la arquitectura barroca, correspondiente a la segunda mitad del siglo XVII; y durante todo el siglo XVIII hasta 1773, cuando ocurrieron fuertes terremotos. El barroco antigüeño empleaba estuco decorativo tanto para exteriores como interiores, campanarios bajos y torres. Las edificaciones lucían masivas, y en plazas públicas se acostumbrara a usar fuentes, al igual que en conventos y casas.

La historia sísmica de la ciudad acompaña al convento a lo largo de su existencia. Estos eventos sísmicos tienen una importancia significativa, pues marcan los cambios de la arquitectura colonial en La Antigua. En especial en el siglo XVIII cuando ocurrieron los terremotos de San Miguel en 1773, San Casimiro en 1751, y por último el de Santa Marta, forzando el abandono del Valle de Panchoy. El máximo florecimiento de la arquitectura colonial se dio entre 1717 y 1773. Hoy en día podemos transitar las calles empedradas de la ciudad mientras contemplamos estas majestuosas ruinas que prevalecen en medio de una peculiar mezcla de calma y vida activa.




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